miércoles, 7 de julio de 2010

El exilio de mi domicilio


Caladas de más, son sentidos de menos. Sentidos de lejos, sentidos consentidos y sin sentido. En sentido contrario, la verdad es que caladas de menos, serían demasiados sentidos, más de los que podemos sentir, más de los que tiene sentido comprender.

"debido a eso estas obras entraron en el olvido hasta el siglo veinte, reivindicando el poder sonoro del violonchelo"[...]" grandes ciclos, eva sandoval en los microfonos: una noche en viena"
y el mundo está en nuestras manos.

El mundo en sus manos, en sus
a veces
perfiladas manos, a veces
difuminadas manos
el mundo en las manos de la redondez
servidas solidariamente
al mendigo arrojado
acallado, aplastado, aleccionado
Bon apettit, amigo mío

mientras pida un castillo sangrante
su estómago estará asegurado a prueba de bombas y bombos.
¡bimba! vos es, algo indefinible
indescriptible inconcebible, sonido puro
bajo los muebles, en las pelusas, el sonido repta por las ondas y partículas,
el sonido no se para, como usted,
el sonido penetra, el sonido viola, timpanos imperfectos,
curvilíneos y rectos. pabellones de recepción del caos.

El 27 de marzo de 1800...y pico, lo cierto es que el año importaba tan poco como el espacio. Lo verdaderamente importante era tener cerebro entre las sienes(!) y ellos lo tienen. Todos pudieron verlo esa tarde lluviosa de principio de siglo, los fascinaron. Cada uno con su luz propia y un esplendor redundante, cautivaron el cautiverio de los muertos pudientes y cautos dejaron fluir su caudal propio de un torrente subterráneo del Cáucaso, para causar una preferida digestión de efectos, que de causas.


cerebro entre las sienes no nos faltaba, pero lo cierto era que caminábamos a la deriva en un mar de orgías y drogas. Mis pies azules me recordaban que hace poco pise las playas de la Polinesia con mi carabela y mis secuaces, surcando las tormentas de manguera y sorteando los imaginarios peligros que un mar habitado por el Kraken más peligroso de todos: nosotros mismos.
La verdad era que flotábamos en una cáscara de nuez en medio del oleaje de nuestros pechos y que teníamos la sensación de que no terminaría jamás aquel periplo.
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